Viajo en el bondi con el gustito del café más azucarado de mi vida en la boca. La película es un
espanto y el paisaje no ofrece mucho más que puro desierto. Marrón claro y celeste interrumpido
por franjas blancas hace varios minutos y por varios minutos más, pero algo en todo ese montón de
nada me excita.
¿Qué tal si tiramos un colchón bien grueso en el medio de todos esos cardos? Uno grande, de dos
plazas, medio gastado por nosotras mismas. Que el desierto lo erosione, el viento rutero y el
franeleo constante también, con el abrigo puesto hasta que sintamos el cuerpo como si fuera
verano.
Allá, a kilómetros de la ruta, donde no hay ni un puesto, ni una casucha, ni un pedazo de pasto para
las cabras, allá tiremos el colchón y nos revolquemos. Nos besemos salvajemente, como si no nos
hubiésemos visto en meses, nos apretemos el culo, las tetas, las piernas, el torso entero. Seamos
torpes, que esos moretones se gozan más de lo que duelen. Pisame, pellízcame, pegame un codazo
en las costillas; no me importa, mientras me hagas gemir por igual.
Si te rasgo la ropa en el intento de quitártela, perdóname, aprendo a coser por este viaje hasta el
kilómetro no sé cuánto de tu placer y el mío, por gritar y que solamente vos y yo nos escuchemos,
por acabarnos en la boca, en nuestro pezón más sensible, entre los dedos, por el orto y por donde
sea; no me importa, pero vengamos acá, con un colchón, a llenar de humedad la tierra pacata, a
hacer que lo único virgen que nos quede, sea el aceite de oliva.

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