Veníamos bien pero pasaron cosas: me enamoré.

 

Pasó la primavera. La época del enamoramiento, dicen. La época del renacer, florecer, dejar atrás, cambiar. Una clase de cinismo es la que hace dos años nos invitó a hacerlo entre bailes y promesas de alegría. Esa misma clase de cinismo es la que hoy lagrimea de orgullo  militarizando una ciudad para recibir a sus pares internacionales, con trajes de forros y protocolos basuras. Son esos mismos los que ayer nos invitaban a enamorarnos, hasta el Fondo. 

 

El grupo gobernante que prometía honestidad, pobreza cero y revolución de la alegría nos sumerge en una relación monógama y asfixiante con Christine Lagarde, la presidenta del Fondo Monetario Internacional. “Debo confesar que hemos empezado una gran relación unos meses atrás, y espero que termine bien; y que termine con todo el país enamorado de Christine”, expresó maquiavélicamente Mauricio Macri mientras el país se encontraba en medio de un paro general repudiando las políticas económicas de su gobierno.

Acá,  como en tantos otros territorios, se nos achica el estómago cuando escuchamos hablar acerca del FMI. Por preocupación y porque, de verdad, se achica. Conocemos, historia mediante, lo que establecer relaciones con este significa. En este mundo de relaciones económicas complejas y desiguales, cargamos en nuestra mochila las experiencias horribles que pasamos todas las veces que creímos poder andar bien paseando de la mano con nuestra dolarizada pareja.

A pesar de las vivencias y los recuerdos imborrables de quienes padecieron los efectos de este amor jamás correspondido; Mauricio, hijo del capitalismo financiero, de manera incestuosa y con síndrome de Estocolmo, establece un vínculo afectivo con nuestra peor pesadilla. Y espera profundamente que todxs caigamos enamoradxs, como él.

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No por obvio dejaremos de mencionar que si la cabeza de nuestro organismo-amante hubiese sido varón, jamás le hubiese puesto tales términos a su deseo.

Pero ¿Qué nos dice Mauricio cuando espera que todxs nos enamoremos de Lagarde? ¿Qué Intenciones se esconden debajo del paquete de barbaridades que suelta con frivolidad cada vez que aparece en público? ¿Cómo enamorarse del FMI sin morir en el intento?

Sabemos que esta relación tóxica y desigual que hemos establecido sin consentimiento, nos pone en peligro. Este vínculo económico-afectivo y político-amoroso conlleva resultados socialmente devastadores.

El amor, según la RAE,  es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

La misma juega y retruca: El amor es un sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

Sabemos que ese sentimiento hacia el FMI, que naturalmente atrae a la clase oligarca argentina, procura una reciprocidad que no existe, que no nos completa, que no nos alegra y jamás nos dará energía para convivir, comunicarnos y crear.

Este vínculo afectivo se sostiene, como muchos de los vínculos tradicionales del heteropatriarcado -adornados con sentimientos de amor, romanticismo y dulzura- en la explotación económica. El amor crea ilusiones y fantasías, y hace pensar que a la felicidad (o al menos la solución de esta crisis) la encontraremos si nos disponemos, con fidelidad y compromiso, a pasear de la mano con Chiristine.

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Así como el FMI ejerce- y ejercerá con mayor vehemencia- violencia sobre nosotrxs, lo ha hecho en sus otras relaciones. Porque el hambre, el ajuste, el endeudamiento, la dependencia, la recesión, son formas de violencia sobre nuestras individualidades y colectividades.

Kate Millett (1934-2017) explica en uno de sus ensayos “(…) no entendemos por “política” el limitado mundo de las reuniones, los presidentes y los partidos sino por el contrario, el conjunto de las relaciones y compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud de los cuales un grupo de personas queda bajo el control de otro grupo de personas”. Y está muy clarito en qué grupo jugamos.

Narran fuentes de escasa credibilidad que cuando hay enamoramiento, el ritmo de los latidos del corazón se acompasan con los del amante. ¿Vamos a acomodar el ritmo de los nuestros y adaptarlos al del FMI? Mauricio, y lxs pocxs que logren enamorarse, caminarán obnubiladxs a una pérdida de autonomía económica y política en la que todxs nos veremos afectadxs. Ya entregamos nuestra soberanía monetaria, esa que muchxs no comprenderemos si alguna vez llegamos a tenerla. Aceptarán, con ojos encantados, las medidas neoliberales que nos impone esta relación.

Endulzar, llamar a la pasión, al goce, al disfrute, una decisión política que nos afecta a todxs lxs residentes de este país, denota un grado de cinismo y maldad que sólo pocos se atreverían a ejercer.

Más allá del sentimiento de enamoramiento pretendido por nuestro presidente, ya entramos en este vínculo asfixiante y violento sin nuestro consentimiento. No es no, nos cansamos de repetir. En esta democracia, más del 70% manifestó su descontento con la idea de establecer algún amorío con el FMI.

Y no estamos chongueando. Ni tampoco probando o conociéndonos. Porque ya nos conocemos.

En la Argentina, nos es y ha sido difícil históricamente ponernos de acuerdo sobre el tipo de relación que queremos establecer, con otres y entre nosotres. En realidad, no somos nosotres les que lo decidimos directamente. Actúan y nos relacionan a gusto y piacere los poderosos. Esos a quienes se les olvida que acá nos estamos sofocando.

Dicen que uno de los efectos secundarios del enamoramiento es volverse menos sensible al dolor y perder cierto grado de conexión con la realidad. Mauricio no debe sentir ni uno de todos los dolores que nos habitan. Los estamos – y vamos a seguir- sintiendo nosotres, mientras el tortolito anda a los besos.

Pero ahí estamos,

(no) dispuestxs a cumplir la esperanza de Mauricio,

(no) dispuestxs a enamorarnos y seguir sus pasos.

 

Acá, queremos el divorcio.

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