-Acá no podés comer de la basura, acá no-

  ¿Qué será esa sensación de angustia que nos baja los domingos tipo 20? Me lleva automáticamente a los días de escuela primaria, antes de irme a dormir, sabiendo que mañana es lunes y que hay que ir a la escuela. Esas horas de domingo tienen hasta su color propio, una especie de filtro sepia con iluminación súper 8 o de fotografía analógica. Pero lo que más me remite a esa hora, es la tristeza de la crisis del 2001. El café con leche en vez de la cena, en una mesa clasemediera, generaba una tristeza poco entendible en palabras para unx niñx, pero que en mi caso se me impregnó en la memoria emotiva justo a esa hora en ese día.

  Eran las 19 hs de un día domingo del mes de febrero. Me encontraba caminando por el centro de Mendoza, una ciudad dominguera. Tan dominguera como conservadora. Ambas cosas se sienten más profundamente en esta pequeña ciudad; lo conservador y lo dominical. Particularmente en el centro. Te das cuenta de la cantidad de asfalto que hay, porque de casualidad te cruzás con algún gringo mirando para el cielo, algunas situaciones monogámicas (muy por lo general heterosexuales), y, por qué no, con algún facho. Se nota el vacío, el vacío de una ciudad con raíces de campo. Una ciudad con revestimientos de cemento, pero con estructuras óseas de adobe y siesta. Todo eso brota a la luz un día domingo. Todo eso, y la pobreza.

 

Fotografía por Juan Dias

 

  Iba camino a tomarme el “trole parque”, que tiene un recorrido bastante cheto. De la peatonal a la Arístides, de la Arístides al parque San Martín, del parque San Martín a la sexta sección, de la sexta sección al Parque Central, y del Parque Central a la peatonal. Un bondi bastante pizza con champán, un bondi bastante dominguero. La parada más cercana a mi casa era la de peatonal,  frente a uno de esos minimarkets que invaden el centro (muchos son monopolio), en los que atiende un pibe medio fachero que labura unas ocho horas por día todos los días, con medio tiempo en negro, francos fantasmas, y con un sueldo mínimo. El pibe estaba parado en la vereda, de brazos cruzados, charlando con una señora aristócrata del centro. Los aretes dorados, y un buen sombreado azul en sus ojos adornaban magistralmente una reluciente cruz católica que colgaba en su pecho, y hacía juego con la cruz gigante que el pibe tenía colgando en su pecho también, esas que se usan para tirar facha.

  Entro al kiosco para comprar unos chicles. Tanto el pibe como la señora estaban codo a codo observando algo que sucedía en la peatonal. El gesto corporal era parecido al de alguien que está mirando un partido de fútbol en un tele, y que hace cosas sin dejar de prestar atención, naturalizándolo todo. Vino rápido a darme los chicles, la señora seguía inmóvil observando. Me cobra, y sale antes que yo, a mirar. Mientras guardo el vuelto, escucho murmullos de indignación de los dos sujetos. La señora llevaba su mano a la boca y fruncía el ceño. El pibe seguía de brazos cruzados, pero ahora movía su cabeza de izquierda a derecha en señal de rechazo. Agarro mis cosas y tanteo no olvidarme nada en el quiosco, y salgo. Al salir noté qué era lo que tanto movilizaba a las dos personas. Era un tipo comiendo de la basura.

  Un tipo de unos 40 años estaba sentado en el piso, comiendo de la basura. Plena peatonal, un domingo a la tarde, en plena Mendoza. ¡Cómo podía ser! No sólo eso, sino que a la postal la auspiciaba el gobierno de Cornejo. Noté que los movimientos de los sujetos del quiosco eran cada vez más de enojo y reproche, hasta de indignación se podría decir. El hombre estaba más relajado comiendo, su lenguaje corporal era muy distinto al de la gente que lo observaba. Había abierto el contenedor de la Municipalidad de Mendoza, había sacado un par de bolsas de residuos, las había abierto en el piso, y se había sentado a comer lo que encontrase. Me quedé mirando a estos dos sujetos, me llené de ira hacia con ellxs. No entendía. Miraban con asco, con desprecio. Les molestaba, pero de la manera menos empática en que algo puede molestarte. Pensé en cómo nos diferencian los caminos por el cual tal vez queremos el mismo fin. Ni ellxs ni yo queremos pobreza, pero, ¿cómo les gustaría a ellxs llegar a una pobreza cero? Parecía que el odio era su motor. Pensé en que en realidad no les molesta la pobreza, les molestan lxs pobres.

  ¿Qué hubiera pasado si en vez de ser un hombre de 40 años el que come de la basura, hubiese sido unx niñx? ¿O un abuelo o abuela? La pobreza está romantizada para ciertos estereotipos nada más. Una persona que nace pobre, nace pobre, y eso hace que a la gente le duela. Un abuelito ya no puede trabajar, y cayó en la pobreza, y recurrió a la basura. Eso también les duele un poquito, y genera canciones como las “de todo corazón”. Pero un hombre de 40 años no genera ni tristeza, ni canciones, ni caridad; genera odio, desesperación y bronca. Porque el hombre de 40 años está ahí porque quiere.

 

Fotografía por Juan Dias

 

  Esta crónica no fue escrita para hablar del hombre que come de la basura, el título hubiera sido “hombre de 40 años come de la basura”, y sólo imagino un titular en alguno de esos diarios que andan por ahí. Esto lo viví en Febrero de 2019 y recuerdo que llegué a pensar “Esta gente lo que quiere es que haya una ley que prohíba comer de la basura, es lo único que quieren y lo único que sienten en esta situación. Quieren llamar a la policía y que se lleven al hombre, y que si se resiste, que lo caguen a palazos.” Hace unos días nos enteramos que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, quieren implementar el uso de tarjetas magnéticas en los contenedores de basura. Y, no sé qué es más triste e indignante, las políticas del gobierno respecto a la pobreza y la indigencia, o que a un montón de personas, esto les alivia sus días domingo. Por una parte lo entiendo, ya que la postal de la peatonal, con un hombre sentado en el piso comiendo restos de comida podrida, con el logo de fondo “Mendoza ciudad, limpieza intensa”, no es una buena propaganda de cara a las elecciones. Como no se puede solucionar una parte, solucionamos la otra.

 

Fotografía por Juan Dias

 

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