Crónica de una mendocina en Brasil: Bolsonaro y el coronavirus

Escribe Flor Chapini
Imagen de portada por A. / Fotografía original de Joedson Alves para EFE

 

Vivir la pandemia gobernada por la derecha fascista no es fácil de explicar. Aunque más difícil que explicarla, es vivirla.

Difícil de explicar es la ambigüedad e incertidumbre que todo el mundo está pasando. Pero más ambiguo es sentir que en Argentina la cuarentena es una decisión política del ejecutivo nacional. En Brasil, la cuarentena empezó siendo una medida de algunas instituciones. Ir al mercado, al bar y circular por la calle, es una decisión individual. Ir a la misa evangélica es un incentivo de los pastores y de Bolsonaro para rezar contra el virus. A veces me sentía en Argentina imaginando que la cuarentena traspasaba la frontera hasta que un cacerolazo y un grito “¡ForaBolsonaro!”, me hacían volver.

¿Qué podemos sentir de un presidente que, con sospecha de haber traído el virus desde los EEUU, el domingo 15 de marzo andaba a los abrazos en el medio de la calle? Si. Una manifestación convocada por él mismo proponiendo la disolución del congreso de la nación. Profesionales de la salud le recomendaron mantenerse en aislamiento. Pero el besó, abrazó y tocó con sus manos. Tocó a sus simpatizantes políticos. El riesgo al que expone al país que gobierna es tan imprevisible como el tiempo que se dilata durante la cuarentena.

Cortes. Más recortes en educación, salud y la producción cientítica. El 24 de marzo, después de hacer un pañuelo blanco de papel con la frase “Memoria, Verdad y Justicia. Somos 30.400”, escuché la conferencia de prensa que hizo Bolsonaro el mismo día. Nos invitó a volver a las actividades con normalidad. Sostuvo que la pandemia está basada en una “gripezinha” y si hacemos deporte seguro no nos pasa nada. Pidió que dios ilumine a los investigadores y profesionales de la salud para encontrar una cura a esta gripe. Nos acusó de paranoicos e histéricos.

Bolsonaro nos pone en riesgo, y el coronavirus, parece, que lo pone en riesgo a él. Algunas de sus intenciones para matarnos, se diluyen antes de que desaparezca una historia de Instagram. El ministro de salud, Henrique Mandetta, intentaba tomar medidas y Bolsonaro no lo dejaba actuar. Algunos gobernadores intentaban tomar medidas en dirección a la cuarentena y Bolsonaro, abrazaba a los empresarios decretando la posibilidad de despedir por 4 meses a sus trabajadores, aunque el senado le tiraba alcohol en gel negando esa medida. Lo mismo pasó con las iglesias evangélicas, Bolsonaro las quería decretar como servicio esencial, sin éxito por la oposición del congreso.

El corona virus lo está aislando cada vez más, tiene un 33% de aprobación de la población cayendo drásticamente en 15 días. Ahora la oposición es la misma derecha. El 6 de abril intentó correr al ministro de salud sin éxito ya que un ala del ejército, comandada por Braga Netto, no se lo permitió. Ese nombre viene apareciendo en algunas noticias como el nuevo encargado al mando de Brasil, “sin correr definitivamente” al presidente constitucional.

No hay un comunicado oficial de quién nos gobierna. En algunos medios de comunicación hablan de un posible golpe. Un “golpe blando” (blanda es la comunicación). Que seaun golpe blando o duro me paraliza. Las botas, más botas nos paralizan.

Como sostiene Vladimir Safatle, Bolsonaro elige una muerte generalizada, es un estado suicida.

No sé si me puedo acercar a describir lo que es que el fascismo gobierne. Lo que sí sé, es que la botas son genocidas.

 

Imagen por A. / Fotografía original de Joedson Alves para EFE

 

 


 

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