−Estoy mal del estómago desde ayer. Me tragué una huevada que todavía me tiene preocupada. Fue así: me desperté para ir a trabajar, eran como las seis de la mañana. Hice todo normal, me vestí, desayuné, bajé y me subí al subte. Me empecé a descomponer ahí; o a marearme,  es que… había una mujer sentada en frente mío.  Viste y bueno… le empecé a ver como bichitos muy pequeños que le iban de un lado para el otro de la cara, pero no estoy segura si eran bichitos, ¡iban muy rápido, muy! Y se chocaban entre ellos. Era como si estuvieran orbitando. Me asusté mucho y ella lo notó, pero su cara indicaba que  no sentía todas esas  “cosas” que iban por su cara; así que me hice la boluda porque no confío en mi mente y bueno, en una de esas podía haber visto cualquier cosa.
( Margarita se calla y le dan náuseas, pero se acomoda rápidamente en el sillón. Tiene los ojos llorosos)
−No es nada. Aguanto. Bueno… en ese momento miré al piso y calculé las estaciones para bajarme, porque no me animaba a mirarla de nuevo. Y me daba cosa que ella no se diera cuenta.
Cuando llegué al trabajo me cambié, me puse el mameluco, los guantes y puse a llenar el balde. Y esto fue lo más impresionante. Al ver el balde que se llenaba y todo ese entorno apagado y roñoso en el que me encontraba me agarró como uno de esos estados en los que siento que todo es una maqueta. Todo. Para colmo no vuela una mosca en el lugar donde trabajo. Es silencio, silencio, silencio. Menos el balde  que se llena. Claro antes de que me ponga los auriculares. Bueno… todo era de mentira, sentí que cuando saliera de ahí no iba a saber a dónde ir porque no me iba a acordar dónde vivía, ni cómo me llamaba, y si de verdad estaba viva. Ahí me dieron náuseas y empecé a respirar profundo porque ya me ha pasado antes, entonces bajé. La maqueta se fue de a poco, y volvía a estar en mi trabajo. Pero sentía una molestia inusual en la panza. No le di bola y empecé a limpiar. La espuma me calmó, esa blancura que tiene, y esa suavidad (hizo una pequeña y tierna sonrisa) me encantan. La esparcí por todo el piso. Baldes y baldes. Todo el piso estaba blanco. Siempre me imagino tirándome y deslizándome, pero nunca lo hago. Cuando empecé a escurrir (el tono de esta última palabra se agudizó a comparación del resto de la frase, y se hizo una pequeña pausa. Margarita miraba el piso con el ceño fruncido y la mirada fija) veo que empieza a caer como tinta, eh… ¿viste tinta negra? Bueno, en la espuma. Y me di cuenta que no me podía mover. Mi cuerpo no respondía. Miraba la espuma extrañada, me doy cuenta que tenía la frente fría. Esa… tinta… me caía por la frente. Me salía del cuero cabelludo. No sentía dolor ni nada, pero no sé por qué me daba tanta vergüenza. Me acordé de la mujer del subte. Cuando reaccioné me fui a limpiar y me cambié. Por suerte en ese momento me dejó de correr y volví a mi casa sin que nadie me viera esa cosa negra. Y cuando llegué… bueno, ahí fue lo peor. Se me empezó a caer a chorros, y era tan repugnante que no quería que estuviera ahí. Sentía que era mío y no podía estar en otro lugar que no fuera dentro de mí. Así que me lo tragué. Lo chupé. Del sabor no me acuerdo porque se me adormeció la lengua directamente. Y bueno desde entonces que…
Quería desaparecer mientras la escuchaba. Miraba su boca que se movía sin parar, con su bla-bla-bleo y esa pared tan blanca atrás. No entendía por qué confiaba en mí. Me sacaba. Esa mujer, como muchas otras, no podía separar las cosas. Era una inmadura. Le agarré la mano y se la acaricié, para que se callara de una vez,  le dije que no pasaba nada si no había vuelto a salir la tinta, que debería ir al médico antes de preocuparse tanto. Se puso peor. En ese momento se le infló la piel y se le oscurecieron las venas, ¡no saben las de la cara cómo se veían!, y empezó a salirle esa cosa. Yo me hice para atrás porque todo indicaba que estaba endemoniada, no quería que se me metiera esa cosa adentro. Ella intentaba hablar, pero lo único que le alcancé a escuchar fue “¡Dejame sola!” y prácticamente se explotó. Cuando la tinta le llegó a los pies cayó desmayada en el sillón. Me quedé un rato más e hice el esfuerzo por no vomitar. Ahora la casa se sentía distinta sin su voz retumbando de las paredes, incluso pensé en quedarme hasta que se despertara y ver qué podía pasar, yo no entendía nada. Cerré todo, hacía mucho frío. La tinta empezó a cambiar de color y a despedir un olor que no pude relacionar con ningún otro. Se volvía más clara, menos densa. Se evaporaba y se penetraba en mi piel. La casa era un sauna y todavía no entiendo por qué no quería abrir las ventanas. Estaba fascinado y me dormía de a poco. El aroma picante me obligaba a quedarme, juro que esa monstruosidad tenía vida.
Cuando desperté ella seguía desmayada. La tinta no estaba y yo me sentía débil. Su cuerpo sobre el sillón parecía una masa gris, sin gracia. Me fui, loca de mierda.

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