Es llamativo el enojo que puede generar un fonema transgredido, como así la transformación de las cosas en general. ¿Cómo pedirle a una sociedad aferrada a los procesos lentos y conservadores que comprenda algo tan complejo como la transformación de sus raíces? Hoy nos cuesta horrores transformar nuestros propios vínculos. Que una novia o un novio pase a ser un amigx. Que un amigx pase a ser amante y luego siga siendo amigx. Que alguien del grupo cercano rompa con su pareja. Esto, aunque no lo veamos con detenimiento, es algo muy arduo de encarar, pues no hay boceto. Nunca antes había pasado así como ahora. Somos parte del antecedente. Hoy probamos cosas que nunca antes habían sido probadas. Hablemos, por ejemplo, de agamia, un modelo de vínculo basado en la ausencia de gamos (lexema que se encuentra al final de la palabra monogamia, por ejemplo, significa pareja). Así, en términos generales, parece muy interesante. ¿Funciona? No lo sabemos, pues nunca ha sido puesto a prueba de forma colectiva.

Conocemos la monogamia tanto como conocemos la infidelidad. La televisión, los medios de comunicación en general, las construcciones que nos rodean, y hasta el arte mismo, todo, está impregnado de estos términos. Una persona constituida bajo estos lemas y bajo los modos de la monogamia, posiblemente sea reacia a un proyecto de agamia. Es esto absolutamente comprensible, el tema es que seguramente arraigue consigo los grises en los que se ha fundado la monogamia. El gris religioso, el moralista, el gris de la heteronorma, del binomio, de la sumisión, de los celos. El grisáceo de felices por siempre¸ y por lo tanto, el del miedo a la transformación. No lo toleramos, nos hace ruido, nos hace fruncir el ceño. Es que todos estos grises, al menos alguno, son inherentes a la monogamia. No importa cómo sean las personas implicadas en el gamos, de alguna manera u otra, caerán abatidas frente al modelo ¡Porque es un modelo conservador! Es viejo, es antiguo, fue creado por los vencedores de la historia. Es un modo decente, y no disidente.

Imagen por Daniela Paez + Aisha Maya Bittar

¿A qué voy con todo esto? Pues bien. Hoy en día hay un revuelo significante por el uso de las equis. Dentro de todas las notas que he compartido en la Revista Vómito, gente desconocida a través de Facebook fogonea la idea de mandar las “x” a la hoguera. Yo pregunto ¿Es a las equis a quién querés mandar a la hoguera? ¿Es a las equis a quién querés linchar? Casualmente (aunque la idea de este ensayo es decir que todo esto es causal) esas personas cuasi trolls voluntarios, son las mismas que comparten en sus redes ideas que reproducen los grises de la humanidad. Uno de ellxs puso un comentario que decía -tenés un problema “equis”?- Esta persona compartía en sus redes sociales una carta de amor hacia Mauricio Macri e imágenes que incitan al odio de clase y al machismo. En una nota anterior hice una paráfrasis a la espantosa nota “la típica mamá luchona”. -Artículo que de tan fascista podía transformar a  Eduardo Feinman en comunista o a Babi Etchecopar en feminista- En los comentarios de esta nota la señorita Micaela Puebla, autora de la nota aireadamente nazi, escribió: jajajajajajajaja lo gracioso que se lee todo cuando escriben con “x” y sobre todo cuando leo que defienden a una madre hija de puta que MANDA a sus hijos a vender tarjetas, a vender lástima (…) No hace falta más ¿no? Es como un ejemplo discursivo perfecto para corroborar lo que busco decir. ¿Qué hay detrás del odio a las personas que intentamos generar un lenguaje no sexista? Ni siquiera es ya una búsqueda de hacer un lenguaje inclusivo. ¿Incluir a quién a qué? Es el deseo de fomentar algo distinto. De posicionarse. De no ser indiferente a un montón de cosas que sufrimos por ser nietxs de una realidad aborrecible. Frente a esto; escribamos con x, tachemos el pasado como un afecto a todxs lxs que han sufrido en nombre de la norma. Por ese simbolismo yo elijo las x. También elijo el plural femenino al referirme a un grupo mixto del que sea parte. Pero también levanto la bandera de aquelles que prefieren usar las “e”. O las que escogen utilizar el femenino para algunos términos como cuerpas, abrazas, besas, etcétera. Para mí, todo es válido. Prefiero identificar el enemigo (lo digo en masculino porque así lo merece, como tampoco elijo decir policíes) en aquellos que centran su batalla en destruir a quiénes queremos modificar un poquito el lenguaje.

Imagen por Daniela Paez + Aisha Maya Bittar

Hay quienes deciden ser indiferentes. Y como dice Antonio Gramsci “Odio a los indiferentes (…) La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos (…) Pero bueno, Gramsci era varón europeo blanco y heterosexual. Utilizaba el genérico. Y el “hombre” como sinónimo de humanidad. No es una crítica a Gramsci. Es una crítica a quienes intentemos frenar los cambios que verdaderamente llegarán, hoy, y aunque duren cien años en asentarse. Los queremos ya. Los verdaderos cambios que nutran a la sociedad de progresismo. Hoy nos pretenden convencer que somos parte de la hegemonía con estas cosas, con el feminismo al cual tildan de nazismo o de imposición social, con nuestras nuevas ideas tildadas de normas absurdas. Con la idea de tratar a les veganes como “fundamentalistas”. ¿Qué somos si no contamos con los fundamentos de aquello en lo que creemos?

Escribí con x, boludx. O con e, o con a, o con lo que sea. Pero dejemos de escribir de la forma que el sistema pretende que escribamos. Tal vez, en algún momento, no sea necesario visibilizar el no sexismo en nuestras letras, porque la realidad ya no lo disponga.

Imagen por Daniela Paez + Aisha Maya Bittar

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