-bajo sus ojos-

Hace poco comencé a ver una serie titulada “El cuento de la criada” (The Handmaid´s tale). Sin ánimo de spoilear quisiera hablar un poco de su trama. Un futuro apocalíptico, donde la parte más conservadora y cristiana de la sociedad toma el poder en Estados Unidos. La conquista de derechos por parte de los colectivos LGTB y el empoderamiento feminista, enfurecen a este sector ya enfurecido. Golpe de Estado. Armas. Gays ahorcados en las plazas. Lesbianas secuestradas y torturadas. Millones de atrocidades directas contra los sectores oprimidos. Esclavitud. Esclavitud sexual. Y un pequeño detalle: la esterilidad es moneda corriente en las personas. Esto es lo más ficticio que tiene la serie, pienso. Ya alejándome de la historia (véanla, es perfecta en actuaciones y en fotografía también), en un momento de la serie la protagonista dice “vimos que estaba empezando a pasar y no hicimos nada, todo pasó muy rápido”. No puedo dejar de pensar en esto desde hace una semana. ¿No está, acaso, empezando a pasar? ¿Cómo saberlo antes de que sea tarde? Tampoco puedo dejar de pensar en los pequeños mensajes que nos tira la sociedad reaccionaria.

“Las criadas en el Senado” – Fotografía de Lucía Prieto

De alguna manera u otra, menospreciamos al fascismo. ¿Qué dijimos cuando se creó el Pro? ¿Qué pensamos de Macri cuando asumió la gobernación de CABA? “no puede ser, igual jamás va a ser presidente”, y pasó. Menospreciamos al equipo de Cambiemos. Menospreciamos a los verdaderos dueños de todo el poder. ¿Qué detiene a Trump (otro caso) de bombardear y conquistar el mundo entero? Pero no, Trump no puede ganar si emite públicamente el proyecto de hacerle un muro a la frontera de México. Y ganó las elecciones. “No pueden meter preso a Lula”, lo metieron. En Brasil mueren comcejalxs y políticxs opositores a Temer, baleadxs por la mafia más sucia del país. De hecho, están bombardeando Siria y baleando a niñxs palestinxs mientras nosotrxs pegamos nuestras lágrimas al brillo de una pantalla.

¿Cuánto se puede esclavizar a un pueblo? ¿Cuánta es la injusticia y el sometimiento que se le puede aplicar? ¿Cuánto puede soportar? ¿A qué punto llegaría? Josef Mengele, sádico doctor de la SS, experimentó con el sufrimiento humano. Le obsesionaban los gemelos, ya que si uno de ellos moría por el exceso de dolor, podía seguir experimentando con el otro. Mengele sometía a un cuerpo al mayor de los dolores, empezaba mutilando las partes indispensables de la anatomía humana hasta llegar a un pequeño pedazo de carne que seguía latiendo. Sin brazos. Sin piernas. Sin cerebro. Un pedazo de humanidad que late hasta morir de hambre.

¿Hasta cuándo? ¿Sólo vamos a esperar que nos conviertan en zombies? Hambre, tarifazo, policía asesina de menores, inflación por las nubes, cierre de profesorados públicos, quita de pensiones y remedios a jubilados, miles de miles de despidos y una cool persecución política a quién piense distinto, etcétera, etcétera. ¿Qué más podemos soportar? ¿Que las FFAA puedan intervenir en conflictos internos? Ups… Somos un pedazo de pueblo que después de tantos palos, aún sigue latiendo.

“Las criadas en el Senado” – Fotografía de Lucía Prieto

Vimos, en algún momento, que estaba empezando a pasar. Quitándolo del pretérito: ¿Qué está pasando? Nos vemos acostumbradxs a tolerar ciertos golpes naturalizados a las minorías. No sólo en las redes sociales, donde abundan comentarios nefastos caídos del aguante a las dictaduras pasadas, sino en ámbitos públicos, académicos y amistosos. ¿Por qué discutimos si es correcto o no que un policía cocainómano asesine por la espalda a un niño de 12 años? ¿Por qué tenemos que defender tanto la idea del derecho al aborto? ¿Cómo un médico pro aborto clandestino promueve públicamente la abstinencia sexual como prevención de ETS y emite que ni la porcelana previene el VIH SIDA? ¿Por qué gran parte de la sociedad está tan negada al uso del lenguaje no sexista? ¿Por qué tenemos que ocultar ciertos besos y dejarlos para el ámbito privado? ¿Qué son los linchamientos y por qué tanta gente los avala? ¿Por qué creemos que la parte más dura de la sociedad no puede armarse y comenzar a controlarlo todo?

“Las criadas en el Senado” – Fotografía de Lucía Prieto

Están enojados. Enojadísimos. Quieren volver a la idea de que nada cambie. Que todo se mantenga estático. Que el cambio sea rotundo y con sangre, y que lo que se cambie sea el tipo de cambio. Quieren humillar públicamente a la piba que va sin corpiño a la escuela. Meter a la cárcel a las disidencias sexuales. Asesinar mapuches (y a quien lxs apoye en lucha). Reírse de las violaciones. Cortarle la garganta a Malena Pichot. Crear colonias de trabajo esclavo para lxs que protestan en las calles o cortan una ruta. Eliminar la educación pública. Crear jornadas de trabajo que superen las 14 horas. Y no, no estoy hablando del oficialismo, ellos no están enojados, están contentos. Estoy hablando de un grueso considerable de la población.

Estas personas han logrado decir todas estas cosas públicamente sin mirar de reojo. No tienen miedo. Se llevan por delante todo lo que no les gusta. Existe una hegemonía contemporánea que impone superioridad a las posiciones grises y tibias. Tal hegemonía, otorga algún que otro derecho social, algún velo que calme las aguas, con el fin de ostentar una posición amena de quienes buscan modificar las realidades. Desarman el acto revolucionario desde la raíz, pero no lo desarman sólo con aplicaciones de celular y comodidades democráticas, sino con un control voraz de las ideas y las costumbres. Y ahí caemos en la pregunta: ¿Qué significa ser revolucionario? Ser revolucionario es no callarse, en ningún ámbito, ya sea familiar, laboral, amoroso o cotidiano. Y ahí es donde entra el control al que me refiero. Ya no andás todo el tiempo criticando lo que te parece mal, te lo callás, porque no tenés ganas de discutir lo mismo que discutiste con tu viejo ayer, no tenés fuerzas para enfrentar al tipo que te confrontó violentamente por la calle. Ya te gritaron mil veces que vayas a laburar mientras marchabas. Lo entendés, lo asimilás. Te posicionás dentro de la contracultura, de la parte oprimida, y comprendés que es complejo pasarte de la raya. Y así, vas dejando de lado tu acto revolucionario.

Es así como vamos cayendo en manos de un dogma moralizador, porque el discurso (político, en sentido amplio) excede la mera puesta en escena de una estrategia específica, y remite a una instancia ideológica e histórica que define “lo que puede y debe ser dicho” –en palabras de Foucault­–. No se decide lo que se puede decir, se comprende en base al contexto dado. No se realiza una comprensión libre de lo acontecido, se desglosa un cúmulo de miedos y respetos que se depositan por encima del ser mismo, ya que el discurso otorga un espacio político suciamente prejuzgado.  A lo que nos referimos cuando hacemos un análisis político cualquiera, no es una resultante democrática a la que podemos acudir y debatir, es el resultado de un estado de las fuerzas sociales y políticas que establece quién tiene derecho a hablar y cómo –en palabras de Bourdieu­–, y a un momento de la disputa hegemónica –en palabras de Laclau.

Esto otorga el poder a quienes quieren someter. A quienes solamente les calma una dictadura inteligente que maneje los hilos de todo para que nada cambie, para que todo se mantenga estático. Sinceramente me llena de pavor pensar que un estado futuro puede someter a las mujeres al hecho biológico de procrear humanxs, a asesinar a lxs “traidores al género” (El cuento de la criada), y a obligar un estático porvenir de las cosas, donde lo importante sea generar recursos materiales y rechazar cualquier  tipo de comodidad. Su inquisición sigue siendo la moral que aún no hemos podido destruir.

“Las criadas en el Senado” – Fotografía de Lucía Prieto

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