Escribe Brume Dezembro Iazzetti publicado originalmente en https://medium.com/
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Brume Dezembro Iazzetti es una cuerpa transfeminista brasileña y estudiante de la maestria en Antropologia Social de La Universidad Estadual de Campinas. Tiene actuación como investigadora y militante en la inserción de personas trans en la educación. Creció en el interior y hoy vive en São Paulo.

Traducción por Florencia Chapini

 

No es de hoy que los “cambios de género” se vuelven virales a través de FaceApp. Esta nueva ola de ediciones en medio de la pandemia ha suscitado, una vez más, algunos debates importantes. Y es curioso pensar en qué partes de Internet se encuentran.

En mis redes sociales veo una división: por un lado, una masa de personas cis publicando sus versiones “femenina” o “masculina” en un tono divertido y burlón. Y, por otro lado, una masa de personas trans, principalmente mujeres trans y travestis, que tienden a enfocarse críticas al uso del filtro de género de esta aplicación. Incluso las personas trans que veo probando los efectos lo usan de manera diferente a las personas cis. Por lo general, el chiste no es “mira lo gracioso que soy como mujer”, como la mayoría de las publicaciones del otro lado.

Me viene una preocupación: algo debe haber ahí, ¿cierto?

Acá el punto no es el uso individual de la aplicación. Es libre para descargar y tiene varios usos posibles, como cualquier tecnología. El objetivo de este texto no es condenar a quien la usó o la usa. Eso sería individualizar: generaría culpa, tal vez una u otra publicación eliminada, un texto para un amigo o amigo cis que publicó una foto con la aplicación, en fin. Esa no es la intención acá. El objetivo es reflexionar y actuar sobre ese “algo debe haber ahí” y profundizar en las prácticas transfóbicas arraigadas a nivel colectivo. Prácticas, que de alguna manera aparecen en los usos de esta aplicación y son percibidas por nuestra sensibilidad como personas trans, por lo que aprendemos de nuestras propias experiencias. Porque ciertamente parece que algo debe haber ahí.

Existen varias críticas para hacer sobre la aplicación. Muchas de las críticas de las personas cis han resaltado el mal uso de los datos y la posibilidad de robar información confidencial. Otro debate, que proviene principalmente de mujeres negras, habla sobre el blanqueamiento de estas llamadas aplicaciones de belleza (no es exclusivo de FaceApp) y que también ocurre, por ejemplo, con filtros de maquillaje en Instagram. Los filtros de “feminización” tienden a diluir los trazos y a aclarar la piel de las personas negras. Y ni siquiera tenemos que entrar en los usos abiertamente transfóbicos de FaceApp, con hombres cis que dicen que “se convirtieron en travestis”, usando hashtags utilizados por personas trans o cosas por el estilo.

Todos estos son debates fundamentales que otras personas ya han pensado y escrito, pero iré en otra dirección: la intención no es hablar tanto sobre la aplicación en sí, sino sobre lo que esta y sus usos nos revela de las propias fantasías de la cisgeneridad.

Prácticamente todas las personas trans que conozco han tenido algún conflicto con parte de su familia u otras personas cercanas. Una de las principales es: “No te voy reconocer más”, independientemente del grado de parentesco o afinidad. Esto a menudo está relacionado con la prohibición, por ejemplo, del uso de hormonas o el cambio de nombre, cuando la relación implica desigualdad dentro del hogar. Yo misma escuché que si un día aparecía con senos “tendría que comprar también un ataúd”.

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Existe la fantasía de la cisgeneridad de un “cambio de sexo”. Algún tipo de toque mágico que convierte a los hombres en mujeres y viceversa. A veces se ve como una amenaza: el fin de la familia o el mundo del revés. En otros, se la ve con una mirada exótica, de una extraña figura del zoológico: este ser que “ni siquiera parece ser un hombre (o una mujer)”, “ni parece que tiene vulva (o pene)”.

Recuerdo un texto, escrito por una académica trans [1], que cuenta una de las primeras autobiografías hechas por un hombre cis sobre una mujer trans. Esa fantasía me parece que está explícita ahí. En el pasaje citado por la autora, se narra la historia de Lili Elbe (la Niña Danesa) y su cirugía de transgenitalización / reasignación sexual. Elbe sale de la cirugía con rasgos finos, una voz aterciopelada, una manera dulce y delicada: ¡Eureka! ella “se convirtió” en una mujer, ¡Milagro de la ciencia!

Bueno, cualquiera con un conocimiento mínimo de anatomía sabe que esto no existe en la práctica: los genitales son una cosa, las cuerdas vocales son otra. Aun así, la fantasía permanece: el temor de que nos convirtamos o que nos convertiremos en hombres y mujeres de la noche a la mañana. El miedo de la cisgeneridad parece residir en esa posibilidad de cambio: ¿Cómo, entonces, yo, que soy cis seré capaz de separar una cosa de la otra? Es el miedo de la fragilidad de su propio género y a las certezas que se le imponen.

Pero no. Los procesos de transición son dolorosos, toman tiempo, son muchas veces caros, emocional y económicamente. Los hombres trans ahorran dinero durante años para realizar sus cirugías de mastectomía / mamoplastía masculinizante, cuando lo desean. Las mujeres trans y travestis a menudo gastan todo lo que tienen para eliminar con láser el vello del cuerpo y las cirugías para “feminizar” la cara. Y allí se acumula violencia, exclusiones, expulsiones, cansancio, ira y frustraciones.

Y cada vez que “fallamos” – a los ojos de la cisgeneridad – nuestro género es negado. Es un juego que siempre salimos perdiendo. Cuando no es nuestro cabello (o la ausencia de él), es nuestra voz. Cuando no es nuestra voz, es nuestra altura o el tamaño de nuestros pies. Cuando no es en nuestra carne, tal vez sea en maquillaje o la ropa. Cuando no es la apariencia, es la forma: “¿Cómo te voy a nombrar en femenino (o masculino) si haces esto o aquello, si te atrae esta o aquella persona?”. Y si hacemos todo eso, se arriesgan a decir: “¡Pero no necesitas (necesitabas) todo eso!” o “¡Ustedes están reforzando los estereotipos de género!”. Siempre, siempre, salimos perdiendo.

Y, en lugar de apoyarnos en este arduo camino, que es lo que les gusta llamar transición (como si ustedes no estuvieran también en transición, tontos), insisten en reprocharnos. Nos acusan ​​con miradas juzgadoras cuando pronunciamos nuestros nombres y pronombres, “no me gustan las personas trans, nada personal, cuestión de gustos, me gustan las vulvas (o el pene)”. Siguen viéndonos como engaños amenazantes.

Culpan a las hormonas, los cromosomas, en el camino divino trazado por Dios, lo que sea que funcione para deslegitimar nuestra trayectoria y decir “no, no eres lo que dices que eres, y no hay nada que demuestre lo contrario”. Insisten en la imposibilidad del tránsito: “no, eso no es posible, el hombre es esto, la mujer es aquello, así que no estoy amenazado”. Su género, su sexualidad, su masculinidad frágil lista para romperse, firmes como nunca.

Incluso las personas transgénero con niveles extremadamente altos de pasabilidad[1] cis, y que viven sin hacer pública su identidad de género (stealth[2]), cuando se asumen trans, automáticamente son despreciades por su género y sus cuerpos son violentados. Existe una mirada malvada de la cisgeneridad, que comienza en percibir los “defectos” y a deslegitimar los cuerpos trans como son.

Y esta vigilancia no es solo nuestro problema: no sé si ustedes se acuerdan de una historia que sucedió en 2018. Una empresaria caminaba por la calle cuando fue atacada por un grupo de pibes que la llamaron “escoria de la humanidad” y “travesti”. Ella era una mujer cis [2].

Como todo exotismo, hay una especie de asco por un lado y deseo por el otro. Al mismo tiempo que la cisgeneridad le encanta decir que no somos lo que somos, tiene una obsesión, una perversión por nuestros cuerpos. No solo en las esquinas, a escondidas, en el “me gusta, pero en secreto”, sino también en ver sus propios cuerpos de otra manera. “¡Es carnaval!” Que salgan los hombres, mariconeando por las calles, con sus pelucas y faldas coloridas.

FaceApp me parece un ejemplo más de esta voluntad socialmente reprimida. Es esa tensión por nuestros cuerpos e historias, mientras permanezcamos como ese Otro, esos seres extraños y externos a nosotros, cis, eso que no somos.

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Y, en este punto, yo, una humilde travesti, les recomiendo que jueguen y sean libres. Que esta aplicación funcione para que se deshagan de esas caretas. Y no como se ha visto en los usos de cisgeneridad (principalmente masculina), que la “subversión” puntual y delimitada de estas normas es solo otra forma de reforzarlas, como es habitual.

Me acuerdo de otra teórica. Una teórica transfeminista [3]. Ella acuñó el término transmisoginia. Básicamente, es el escracho al “hombre vestido de mujer”, que es doblemente transfóbico y misógino. La asociación del humor con esta figura no es solo, en el caso de las mujeres trans y travestis, la negación de su feminidad y su identidad de género, sino que es una asociación del cuerpo femenino con una artificialidad, un ridículo, un objeto de desprecio y de violencia. Es el grito de “¡Trava!” en las calles. ¿Se acuerdan dónde parecen concentrarse estas críticas al uso de la aplicación? Sí, no me parece casualidad.

Nuevamente, sé de los usos variados (e incluso potencialmente subversivos) de esta aplicación y este tipo de tecnología en su conjunto. Y espero que sea una forma (especialmente para los hombres cis) de compartir parte de esos placeres que tanto desean y reprimen de sí. Salgan del clóset ustedes, hagan la transición ustedes mismos. Aprendan un poco de nosotres, que vivimos todo esto en la piel, en el día a día, donde estas fantasías de cisgeneridad se deshacen en experiencias trans, en la construcción ardua y cotidiana de nuestros cuerpos, con toda la violencia que esto implica en una sociedad transfóbica.

Pero que ustedes, todos y todas ustedes que se benefician de la cisgeneridad, tomen una posición y asuman la responsabilidad, no solo de las delicias de los “cambios de género”, sino también de los dolores. Y esa parte, desafortunadamente, todavía la llevamos en nuestras espaldas.

Quizás la cosa está ahí.

 

 

 


Referencias:

[1] Sandy Stone — “TheEmpire strikes back” (El Imperio contra-ataca)

[2] Fonte: https://www.geledes.org.br/empresaria-e-chamada-de-travesti-e-agredida-na-saida-de-festa-me-chamou-de-escoria-da-humanidade/

[3] Julia Serano — “Whipping Girl: A Transsexual Woman on Sexism and the Scapegoating of Femininity”

[1]Pasabilidad: en el texto original “passabilidade”. Es un término en portugués para referirse, en ese caso, al modo como algunas personas trans son leídas socialmente en cuanto personas cis (similar al término “passing” en inglés).

[2]Stealthes es un anglicismo, utilizado em diferentes países. Se refiere a personas trans con altísima pasabilidad cis que viven sus vidas sin publicitar el hecho de ser trans, sea en ambientes específicos (por ejemplo, en el trabajo), sea en sus vidas como un todo.

 

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