Por Camila Garrido Flores
Imagen de portada por Colectivo Las niñas – Marcela Bruna

 

Hace 15 años atrás, la primera línea era la de los lienzos. Siempre había que estar adelante, era la parte de la marcha que no era reprimida. Una vez que los lienzos bajaban, había que hacerlos correr por la marcha y se ocupaban de escudos cuando pasaba el guanaco, o para cubrir a alguien caído. El mayor peligro era quedar mojadx con el guanaco, o que nos alcanzara gas lacrimógeno. Así que siempre andábamos con limón, una polera y, lxs más experimentadxs, una bolsita con un algodón mojado con amoníaco.

Al fondo, estaban lxs encapuchadxs. La mayoría lxs odiábamos porque muchas veces comenzaban a tirarle piedras a los pacos y empezaba la cagá.

Hace 10 años, comenzó una organización diferente. Si bien la marcha mantenía su estructura, lxs encapuchadxs comenzaron a moverse. Ya no estaban sólo al final, estaban a los alrededores de la marcha también, y comenzaron a enfocar su furia con los pacos, con un instinto de protección. Permitían no sólo que los pacos no cortaran las marchas, sino que también hacían guardia cuando había alguien herido, o cualquiera que necesitase ayuda, pues nunca estaban solxs y no tenían miedo de ir a donde fuera para que alguien fuese socorridx.

La marcha comenzó a entender su rabia y lxs aceptó con ella, les dio una oportunidad, y ellxs respondieron con lo que sabían.

 

Fotografía/Video por Fotógrafxsconce – @blackoveja_photo

Hoy, ya no son encapuchadxs, son lxs capuchas, lxs capuchitas. Encontraron un lugar en la sociedad, una familia que no sólo lxs acepta, sino que lxs cuida y lxs valora, se preocupa por ellxs y les agradece. Mientras, ellxs protegen a esta familia. Están al principio, a los costados y al final de la marcha. Algunxs entremedio con su carrito con una olla común, con cajitas con pan, ayudando a entrar las mesas de un local familiar atrapado en la masa, agarrando una silla de ruedas para escapar de un gas lacrimógeno, escalando postes para bajar las cámaras. Otrxs al frente atrasando a los pacos, haciendo aguante con rabia y preocupación por su piño. Incluso se ven afuera de las marchas, haciendo barricadas para cerrar los pasos, y abriendo camino a las ambulancias y bomberos (porque esos no se tocan), saqueando una farmacia o un super y tirando algunas cosas al jardín infantil más cercano, haciendo acopio de pañales para que quien no tenga vaya a buscar, haciendo bolsitas con unos tallarines y un par de cosas más, y tirándolas a las casas de los vecinos.

Nunca han tenido algo que perder, nunca hasta ahora. Ahora hay una familia, «el pueblo» le dicen, que no es sólo una masa: hay organización, apañe, cariño, seguridad y amor. Unos dicen que el capucha «evolucionó», yo no creo que sea correcto decir eso. Yo creo que un grupo de la sociedad les dio una oportunidad, y ellxs respondieron. ¿Dejaron de ser violentxos? No ¿Dejaron de tener rabia? No.

Fotografía por Daniela Canales

El capucha no tiene su origen en cualquiera, no. Su origen es la periferia, el consultorio, el colegio municipal con nombre de metralleta. No cualquiera puede ser capucha ahora, no. Porque no es amarrarse una polera en la cabeza y tirar piedras, es vivir en carne propia la desigualdad, es tener rabia con un sistema que les olvidó y les reprimió, que se burló de ellxs por ser pobres, por no saber leer de corrido, por usar ropa usada, por comer arroz todos los días que podían comer.

Muchxs valoran hoy la labor de lxs capuchitas. La «primera línea» los bautizaron (olvidando los lienzos protectores de guanacos), pero son en realidad lxs hijxs de la lucha, en todas sus formas. Su cambio de actitud es porque encontraron un lugar al que pertenecen, algo por lo que vale la pena hasta morir (porque ahora el miedo no es a quedar mojadx con el guanaco, es a perder un ojo, vivir abusos, violaciones, perder la vida). Un lugar en donde nadie los juzga por su origen, en donde hay preocupación por si comieron hoy o no, en donde cualquiera los sanará (o tratará) de un gas o de un perdigón.

La forma social de hoy ha agarrado tanta fuerza, ha mutado tanto, se ha abierto a tantas personas, que hasta los milicos pueden ser parte de ella (el cabro desertor, obvio). Lo que vivimos hoy, creo yo, es en gran parte gracias a esxs capuchitas que, como madres y padres, encontraron su sentido en la sociedad a través del instinto de protección y pertenencia.

Amar a lxs capuchas no es moda, no es momentáneo, no es romanticismo contemporáneo, es una obviedad. Pues son hijxs de quienes luchamos desde hace 15 años, al menos, en las calles pidiendo pruebas de dignidad. Amar a lxs capuchas es un deber, porque ellxs son el resultados de todo ello con lo que peleamos día a día (quienes tenemos conciencia y criterio social, claro). Amar a lxs capuchas es entender nuestros puntos débiles como sociedad y querer algo mejor. «Son puros delincuentes» dicen unos, mientras al mismo tiempo piden «pensar en los niños», «los niños no tienen la culpa», «los niños son primero». Ellxs son esxs niñxs, ellxs son lxs que no tienen la culpa, ellxs son primero.

Fotografías (de dcha. a izq.) por Fotografxsconce – @blackoveja_photo // Fotografxsconce – Felipe Gonzalez // Colectivo Las niñas – Macarena Peñaloza

 

Nopo, no cualquiera puede ser capucha. Porque para ser capucha hay que tener rabia, pena, preocupación, cuidado, todo junto, al mismo tiempo.

No cualquiera puede ser capucha, porque no cualquiera tiene el aguante que han tenido ellxs en la vida.

No cualquiera puede ser capucha, porque para ser capucha hay que saber sobrevivir ante la indiferencia.

No cualquiera puede ser capucha, nopo.

 

 

 


 

Comentarios

comentarios