-Revisiones sobre la construcción de la mirada hegemónica-

Cinco siglos han pasado desde el Renacimiento, más de 40 movimientos artísticos posteriores hasta el día de hoy. Si contamos con esta o alguna información acerca de la historia de lo visual, por lo menos podremos enumerar aproximadamente a 100 artistas. Todos Hombres. Y de repente y quizás fugazmente, alguna excepción.

¿Casualidad? Jamás. Siempre causalidad. Si hace 550 años la mujer estaba condenada a “tareas del hogar” (con todo lo que eso comprendía), las lesbianas eran quemadas y les trans tratades y/o exiliades como locos ¿Por qué hoy, en medio de esta crisis posmoderna donde se cayó mitad y media de lo que entendimos anteriormente como sociedad, seguimos sin poder nombrar a las mujeres, lesbianas, travestis y trans en nuestra aclamada historia del arte?

Por empezar doy por sentado que sabemos que la historia siempre ha sido escrita por los vencedores: eso, con O, y al chongo cis que coyunturalmente representa esta letra. Y agrego: no sólo fue escrita, sino que también fue mirada. Es a esta última frase a la quiero aferrarme.

Nos vieron como musas inspiradoras tanto de lo hermoso, de lo perfecto, de lo vulgar o de lo pútrido. Nos vieron siempre desnudas o casi, en posiciones con un parecido más al de un exoesqueleto de un insecto que al de una persona con columna vertebral. Impolutas o insoportablemente putas. Esperando: que pasen las nubes para tender la ropa, que llegue el hombre de la casa (o mejor quizás que ni llegue), que el niño termine de amamantarse, que alguien venga a violarnos en una cama en una mesa en el medio del bosque. Siempre sumisas, bonitas y con la boca cerrada. Sonriendo o tratando de hacerlo.

Muchacha que mira por la ventana cómo dos mujeres decapitan a Holofernes – Pinturas de el Genio de Dalí y la no pronunciada Genia de Artemisia Gentileschi / Imagen por A.

Prácticamente, nunca nos vieron. Sólo vieron lo que había en su proyección hacia nosotres. Y sí, es de entender que une ve lo que dispone su construcción social, histórica y también visual. La educación de la mirada ha sido larga y pocas veces cuestionada. ¿Qué vamos a pretender de un chongo artista del 1700? ¿Qué nos pinte libres y empoderades en un contexto de opresión atroz normalizado? Es irrisorio, al menos por dos causales: la de chongo y la de troglodita.

Irónicamente, hoy sigue siendo absurda la misma situación pero por diferentes causales. Una de ellas se mantiene y es la de ser hombre, cis y hetero. Estas tres condiciones perpetúan y profundizan, una vez más en la educación visual y en la historia, sus nombres. Sus versiones de vernos, de retratarnos y de querer proyectarnos bajo su juicio en la biografía de este mundo. A la vez que nuestros nombres quedan solapados detrás, en un costado o directamente invisibilizados. Y por lo mismo, queda relegada nuestra visión de los acontecimientos, de nosotres, de la otredad.  Sí amigos, lamentamos volverles a comunicar que un hombre y su nombre pesa más en la balanza de la justicia patriarcal que mil mujeres con mil nombres o que mil quinientes trans a les que ni siquiera nombran.

Otra causa es que no podemos mantener una mirada anacrónica de les oprimides, no en los tiempos que corren. ¿Acaso les suena romantizar, por ejemplo, la lucha feminista? Retratos de mujeres bellísimas mirando con una seducción fatal de glitter en sus ojos a la cámara, colorimetría y composiciones que se acercan más a un domingo en familia en el Sienna que a una rebelión llena de rabia en una calle de América Latina. ¿Acaso también les suena mostrar al oprimide de manera estigmatizante? Una fotografía de dos travas riendo. ¡Wow! ¡Miren, son excluides, socialmente señalades y sin embargo pueden reír! Ilustraciones que defecan empatía innecesaria. Miradas que lo ven todo desde un abismal afuera que no representa el adentro, el meollo, la cuestión que jode, irrumpe y organiza nuestra rabia.

La noción de que una imagen es “transparente” provoca que todas las significaciones sean interpretadas de igual manera, cualquiera sea la persona que mira y cualquiera la que miró para hacerla. Cuando, en efecto, las personas no lo somos. Por lo tanto, tampoco lo que percibimos y a su vez, el significado que presenta una imagen es indivisible de lo que siente y comprende la persona que la compuso.

El poder siempre quiere controlar el amor y el odio y, en la medida en que la emoción visual tiene relación con estas pasiones, el dispositivo que muestra, la forma elegida para mostrar, el lugar dado a la voz, el riesgo que se corre en un encuadre, en un montaje, son todos gestos políticos donde se compromete el destino del espectador en su misma libertad”

Marie-José Mondzain, ¿Pueden matar las imágenes?

Precisamente en la fotografía (el cual es el campo que me incumbe) esto se percibe muchísimo. Miremos, por ejemplo, las bellísimas, idílicas y sugerentes imágenes de uno de los Maestros de la Fotografía del Desnudo: Edward Weston. Sublime y testaruda sencillez en la representación de cuerpos de mujeres (sin cara). Espléndida iluminación en culos y tetas (sin cuerpo). Recortes fabulosos de cuerpos fabulosos en composiciones fabulosas. ¡Aplausos para Eddie! Sus fotografías entraron dentro de lo que, en el campo del arte, clamamos como Lo Bello. Ahora bien, ¿no me digan que no se nota la obviedad de varón representando un cuerpo femenino? (Aclaro para algunes que no estoy criticando al autor por estas elecciones, sino que lo utilizo como ejemplo para dar a entender mi idea). Pasa con Weston y pasa con todos los que le siguen y pasa con todes les que aquí nos encontramos: hemos aprendido a mirar a través de los Grandes Maestros Hombres, Heterosexuales y Cisgénero. Hoy por hoy, replantearse políticas al momento de fotografiar partiendo de quién es une; es sumamente urgente. A la resistencia que queremos lograr como hacedores de imágenes, le urge atender este llamado a politizar TODO.

Hombre mirando a las mujeres retratadas por los Maestros de la Fotografía del Desnudo / Imagen por A.

Es idiota exigirle a Renoir, Millais o a Weston;  pero es híper necesario, con les que habitamos el ahora y queremos estar lo más alejado de la hegemonía posible, exigir, como les oprimides de siempre, políticas que manifiesten nuestra existencia de base: en las premiaciones, en las representaciones, en la curaduría, en les jurades, en todas las estructuras y fachadas posibles. Exigir polemizar qué es lo que estamos mostrando y quiénes somos les que mostramos: cómo y con qué objetivo. Es imprescindible plantearnos si es necesario exponer un rostro durante una manifestación en un contexto de extrema represión, si da que una piba hetero cis haga un proyecto fotográfico sobre corporalidades disidentes, si da que un chabón se dé el lugar, una vez más, en la larga historia escrita y mirada por ellos, a mostrar la lucha feminista con una cobertura de una marcha o del pañuelazo, o de todo lo que pueda hacer para “sumar” a la causa. Por lo tanto, lo que sí es necesario es exigirnos un cuestionamiento, o si se quiere una deconstrucción, hacia nuestra manera de hacer imágenes para realmente ser una e(a)fectiva resistencia.

Precisamos ampliamente deconstruir nuestra militancia. Llevar a cabo toda esta diversidad en lucha de la que somos parte y plasmarla directamente en nuestros propios espacios. Un medio alternativo, que no contemple esta diversidad sexual en las personas que lo compongan, cierra sus puertas casi implícitamente a una modificación estructural de lo que se pretende criticar en este ensayo. ¿De quién es el video sobre la marcha del 8M que comparto en mis redes? ¿De qué medio es la cobertura fotográfica de la marcha contra el FMI? ¿Cuántas mujeres componen la premiación del concurso Máximo Arias de Mendoza? ¿Cuántas el jurado? ¿Coincidencia que se elijan siempre obras de varones o es el resultado de una educación de lo visual que no ha sido puesta en duda aún? Porque sí importa quién está detrás de la foto, del video, del medio, del concurso. Porque no queremos volver a construir ni contribuir a que suceda una historia de la que no formamos parte. O de la que somos funcionales, sutil y engañosamente, pero a la vez detestamos. En nuestras prácticas más sencillas y triviales del cotidiano, también estamos dejando fuera a les que luchamos dentro. Y esto, inevitable y despiadadamente, conforma la masa homogénea a la cual queremos destruir.

Como sujetos perpetuamente políticos, debemos hacernos cargo del deber que esto supone, tanto al sacar fotografías como al compartir imágenes. Qué mostramos, cómo y por qué son las preguntas que se alojan en la punta del iceberg. Pero ¿Quién muestra? Es la gran pregunta que les da base a todas las demás y las sustenta, fundamenta y retroalimenta. Para Sontag la sociedad capitalista requiere una cultura basada en las imágenes,  y la fotografía puntualmente, es perfecta para esto. Actúa como entretenimiento para las masas y como objeto de vigilancia para los gobernantes.

Nosotres como fotógrafes, hacedorxs y consumidorxs de imágenes debemos preguntarnos si queremos ser vasallos de esta premisa que nos presuponen las imágenes en nuestra sociedad actual o si queremos resistir, con todo el compromiso político que implica ser la resistencia que no le es funcional al poder patriarcal, hegemónico y heteronormado.

Ilustración por Delephas / Imagen por A.

Comentarios

comentarios