“Al biologicismo no volvemos nunca más”

 

Según la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, “los horizontes, como grandes capas históricas que recubren la superficie presente, no forman una sucesión lineal que permanentemente se supera a sí misma y avanza hacia un “destino”: son referentes inherentemente conflictivos, parcelas vivas del pasado que habitan el presente y bloquean la generación de mecanismos de progresión histórica”. Estos “bloqueos de progresión histórica” son los que quiero analizar a partir de la “polémica” que se generó entre dos figuras mediáticas feministas: Julia Mengolini y Jimena Barón. Esta noticia está desactualizada, pero, parafraseando a Cusicanqui, nada está quieto, todo está permanente e inevitablemente en movimiento. Hace unos meses, en el marco de esta “polémica” me mandaron  un posteo de Facebook de una página feminista: “nada que le pare la pija a un varón es empoderamiento”. La frase es peligrosa por varias razones, una de ellas es porque es de fácil identificación, simplifica lo complejo en un contexto de hiper exposición de “lo íntimo” en redes sociales.

Ahora, por supuesto, al escribir esto corro el riesgo de simplificar lo complejo. En principio no es la idea, sino identificar lo complejo para poder repensarlo (nos).

Pensar que nada que le pare la pija a un varón es empoderamiento significa, por un lado, normalizar que sólo los varones tienen pija, invisibilizar a las travestis y mujeres trans. O peor, dar por sentado que son varones, por el hecho de tener pija, echar por tierra su derecho al goce, de nuevo, por tener pija. Es peligrosa también, según mi gran amiga Amparo porque: “nos remite a pensar a “la mujer”, cis probablemente, (entiendo por su línea ideológica que es el sujeto político al que esta se dirige) como sujeta eternamente pasiva en su sexualidad, eternamente alienada en sus deseos, condenada a ser una simple sierva de la sexualidad masculina o, si realmente se encontrase empoderada, a una suerte de castidad pero esta vez feminista, una reversión en la que la mujer no puede pecar de gozar del deseo y la sexualidad porque en sí, todo lo que de ello conocemos, cierto es, está totalmente cargado de símbolos y significantes esculpidos directamente por las bases patriarcales.”

 

No seamos aliadxs del orden en la impugnación de nuestro deseo, seamos aliadxs de nuestro deseo contra el orden”

Amarna Miller

Un recordatorio de la “polémica”

También leí la frase “Ni Mengolini ni Barón, feminismo gordo y organización”. Es una frase hermosa, sin dudas. Pero no podemos quedar exentas (aunque queramos) del impacto que tienen los discursos de estas figuras mediáticas.

Antes que nada me pregunto cuándo, en qué momento Barón dijo que mostrar su culo era sinónimo de estar empoderada. No me consta, y si lo dijo no me enteré.

La indignación de Mengolini por la posibilidad de que las mujeres crean que mostrar el culo es un signo de empoderamiento intenta llevar la sexualidad a un lugar del que creíamos haberla desterrado para siempre: al lugar de lo oscuro y lo pecaminoso. En este punto es importantísimo diferenciar el rechazo de una idea “pura” de sexualidad, de lo que últimamente se llama “feminismo liberal”. ¿Si Jimena Barón representa un ideal de feminista liberal? Seguro que sí. ¿Qué muestre el culo la pone en un lugar de autocosificación para consumo masculino? No necesariamente. Pero no es el punto.

En todo caso el problema con Jimena Barón es qué es lo que hace con lo que muestra y para qué. ¿Lo que vende es un producto que reproduce las relaciones sociales capitalistas? Sí. Pero claramente no fue ese el centro de la polémica.

Lo que discutimos, en el contexto del posteo de las redes, entiendo, es qué es lo que hacen las mujeres con sus cuerpos. La frase del año “Mi cuerpo, mi decisión” ayudó a muchas personas a entender el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. Pero cuando el estado te pone trabas para acceder a una operación de cambio de género, cuando el estado te obliga a parir siendo una niña embarazada producto de una violación, tu cuerpo no es tu decisión. Asimismo, podemos preguntarnos si es esta o no una frase liberal, en la medida en que es ingenuo  pensar que usar plataformas digitales para mostrar nuestro cuerpo es inocuo, neutral, y que ese contenido no beneficia a grandes empresarios. En todos los casos, entonces, el ideal liberal nos sigue colonizando con el señalamiento que dice qué es lo que cada una debe hacer  o deje de gacer con su propio cuerpo. Que el feminismo liberal está en auge no es ninguna novedad, ya lo dice Nancy Fraser: “En un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una amistad peligrosa con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado. Esto podría explicar por qué las ideas feministas, que una vez formaron parte de una visión radical del mundo, se expresen, cada vez más, en términos de individualismo. Si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que, si antes priorizaba la solidaridad social, ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los cuidados y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.”

Ilustración por Delephas / Imagen por A.

Es por eso que tanto el deseo, como así también los cuerpos y las cuerpas, necesitan ser descolonizados. “Reversionar esos vínculos y cambiar el deseo construido desde una mirada hegemónica, apropiado además por un mercado capitalista, es uno de los desafíos (…), con todas las dificultades que implica la deconstrucción propia,” dice Luciana Peker. El foco está corrido y es importante traerlo de nuevo a su lugar: las vidas sexuales de las mujeres, tanto sus prácticas sexuales como las sensuales, deben o deberían vivirse en total libertad y esto, definitivamente, no es una idea liberal. Y el límite es difuso cuando hablamos de las sensaciones que sentimos, de lo que nos erotiza pero también de lo que nos emociona. Las contradicciones, las culpas, lo reprimido, es parte de lo que somos, y me pregunto si es necesario estar siempre examinando nuestros deseos y no darnos el tiempo, el espacio y el lugar para el disfrute, aunque esto resulte problemático.

A modo de autocrítica, si no podemos hacerlo en colectiva, será en forma individual en principio, pienso que (nos) debemos el derecho a la duda, a no dar todo por sentado. Desde las contradicciones que nos impone la época, un fanzín feminista reivindica la soledad como arma política: en soledad es el único momento en el que podemos permitirnos dudar, dudarlo todo, es en el único momento donde no tenemos que estar plantadas en una posición inamovible. Donde nos podemos permitir contradecirnos, repensarnos, ser políticamente incorrectas.

 

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