A nuestro febrero inestable le llegó, finalmente, la hora de la tan [des]esperada Fiesta Nacional de la Vendimia. La provincia se armó de escenarios, eventos departamentales y festines glamorosos. La fascinación menduca por la celebración de la cosecha se hace una con los medios. Impregna las calles de publicidades. Revive el orgullo por lo propio, lo típico, lo autóctono. Galopan al presente deseos gubernamentales de inversionistas, ojos brillosos de magnates y empresarios bodegueros y turísticos. Aparecen también recuerdos de carros, frutas voladoras, grúas inestables, parrillas de luces asesinas, escenarios riesgosos, sueldos no pagados y artistas explotadxs en lucha. Junto a la tropa de cámaras sedientas de espectáculo colgadas de turistas maltostadxs evocamos los olores a mierda en las calles y la angustia por la financiada hipocresía. Un cúmulo de ‘encantos’ e incertidumbres, de ‘fantasía’ y temores, de ‘orgullo’ y desasosiego. Conjunto de piezas que forman esa ceremonia que a tantxs [no] nos enorgullece.

Hace poco más de 80 años que la Fiesta de la Vendimia se lleva a cabo casi ininterrumpidamente. Todo empezaba por 1936, mientras Guillermo Cano gobernaba la provincia. En esa época aparecía la idea de institucionalizar aquella festividad que, desde el siglo XVII, consistía en celebrar el proceso de cosecha y posterior producción del vino. Surgía entonces la intención de fomento y financiamiento estatal para consagrar aquellos festejos en una Fiesta Nacional que ilustrara la costumbre de las tierras mendocinas, creando así una presentación al mundo que, además de celebrar, atrajese turismo, inversiones, y etcéteras.

La institucionalización de los festejos traía consigo la elección de la reina, la “coronación de la nueva soberana nacional”, quien, además de promover el turismo provincial, sería la figura y representación de la provincia en viajes comerciales, y eventos nacionales e internacionales. Desde los comienzos, se consagró la elección de la “muchacha más bonita” que ocuparía el rol de Reina. Elección que se sostiene, casi que en los mismos términos, hasta el día de hoy.

Con el pasar del tiempo, la fiesta ha ido mutando y agregando nuevos eventos a la tradicional celebración. Una especie de “progreso” socio-cultural tiene lugar y obliga a la Fiesta buscarestrategias que la actualicen. Como por ejemplo, la creación de la Vendimia Solidaria, organizada por el controvertido magnate Daniel Vila, presidente del Grupo América. Año tras año, la Fundación del Grupo América organiza eventos con poderosos empresarios cuyo fin es el de recaudar fondos para ‘solidarizarse con sectores vulnerables de la sociedad’, y después volver tranquilos a sus barrios privados, a disfrutar la pantomima mediática que los limpia en imagen, y los eleva en irremediables contradicciones.

Y por otro lado, la Vendimia para todos, dirigida y producida por Gabriel Canci que, en un intento de progresismo, se dispone a continuar los patrones de la celebración tradicional, pero “incluyendo” a sectores lgbttiq. Festejo que escasea de ‘avance’ y diversidad. Es el mismo Canci el que hace pocos días prohibió la participación de la reina de la vendimia gay por querer mostrarse sin depilar.

Son muchos los motivos para cuestionar y repudiar la actual festividad. Pero hay uno que, sorprendentemente, aparece míseramente planteado, esquivando discusiones, y tratado sin fundamento en los medios hegemónicos de la provincia. A la fiesta se le vuelve ineludible tratar un tema que los arraigados fanáticos y conservadores de la tradicheta saltan a defender: la elección de una reina basada en la cosificación de la mujer.

A través del concurso, la legitimación de la monarquía y el patriarcado recibe los aplausos de la mayoría de la población, el financiamiento de las grandes empresas y la cobertura mediática constante. La elección de las reinas es esa ‘profunda afinidad espiritual’ que guardamos con la España conquistadora. Esto se expresa en el monumento de la Plaza España donde todavía nos advierten que “ni aun las poderosas influencias autóctonas (…) han podido desdibujar esos rasgos de hispanidad característica que les da especial fisonomía”.

Más allá de la reivindicación monárquica que esto implica, es imprescindible cuestionar la cosificación de la mujer -propia de nuestra cultura- que es fuertemente incentivada y avalada por la Fiesta Nacional de la Vendimia. El patriarcado se relaja y goza al presentar a la “nena del barrio” (como le gusta decir a Jorge Sosa)[1] en escenarios luminosos con sonrisa de maniquí. Se afirma y se cala en todas las corporalidades. La Fiesta forma el espacio legítimo para premiar y reconocer, “de forma popular”, la idealización, estandarización y reificación de cuerpos evaluados según cánones de belleza construida, que cada vez se alejan más de nuestras corporalidades reales.

El cuerpo concebido como producto social es al mismo tiempo construcción y expresión de códigos y significantes culturales. Son los cuerpos feminizados los que mayormente expresan violencias, desigualdades e imposiciones. La imagen ‘femenina’, desde hace siglos, es la más condicionada y reproducida por estereotipos que la llevan a la comparación, modificación y asimilación constante con otros cuerpos. Observemos la imagen de “reina”. Es la resultante perfecta entre la polaridad planteada por la inquisición católica <virgen o prostituta> <María o María Magdalena>. El prototipo planteado es objetivo: la belleza virginal completamente alejada de la lujuria, una belleza pura, pulcra, santa y sana.  En “La construcción cultural de la corporalidad femenina”, Eugenia Zicavo[2], explica: Al socializarse en esta cultura de la estética, las mujeres terminan incorporando como “naturales” modelos de belleza que en realidad son producto de una lucha por la imposición social del sentido (y, por lo tanto, pasibles de ser cuestionados y modificados).

Así, los cuerpos de las mujeres son territorio de juego de la industria de la belleza, de la cultura, de la religión, de las inversiones y del turismo.

En este caso, la cosificación de las postulantes no recae sólo en la objetivación y evaluación de los rasgos estéticos, sino que se complementa con una apreciación y consideración de ‘características’, historias de vida, cualidades como la formación académica, los valores que pretenden encarnar, etc. Es decir, la reificación excede los rasgos físicos, color de ojos, pelo y altura; además, cavamos dentro de la historia de cada postulante, para conocerla en sus valores, sus sueños y aspiraciones y así juzgarla y elegirla.

Y son los medios los que más gozan de esta instancia. El diario mendocino Mdzol organizó una seguidilla de notas y entrevistas vomitivas con las candidatas de cada departamento, describiendo a cada una según cualidades/rasgos/valores idealizados como: “delicadeza, autenticidad, dulzura, elegancia, encanto, serenidad, solemnidad, actitud, simpatía, naturalidad, inocencia y espiritualidad”. Valores que se pretenden naturales y correspondientes, propios de los cuerpos estandarizados en aquellos cánones de belleza religiosamente femeninos.

La cosificación es una forma de opresión hacia la mujer. El estímulo y fomento mediático generan complicidad y profundizan grados de opresión. Aclara Zicavo: Los mensajes, imágenes y actitudes difundidas por los medios influyen en la manera en que las mujeres se sienten y se perciben a sí mismas, consolidando inhibiciones y expectativas que, cuando no atentan contra su salud, van lesionando su autonomía por imposición de parámetros externos (que sin embargo internalizan como propios), en torno a un “deber parecer” que las oprime.

La vigencia de la elección de reinas, virreinas y primeras princesas tiene implicancias serias en las construcciones culturales e ideológicas de cada sujeto imprescindibles de considerar, e imprescindibles de cuestionar. Sobre todo para quienes sentimos la necesidad urgente de despatriarcalizar todo eso que termina por concluir en los números que muestran que, a las mujeres, no nos paran de matar.

La elección de las reinas no es anacrónica, es reflejo fiel de la costumbre arraigada en nuestra sociedad machista, estereotipada, con estándares inalcanzables, conservadora, ortodoxa y de enfermiza obsesión por la belleza femenina.

Mientras nos preparamos para otro Paro internacional de Mujeres, lesbianas, travestis y trans, nuestra provincia se viste de gala orgullosa por sostener esta costumbre. Hoy se ponen en disputas nuevos conceptos, entran en discusión nuevos paradigmas que cuestionan valores muy arraigados en nuestra cultura. El feminismo cala profundo y se dispone a cuestionar todas las prácticas que nos configuran como sociedad capitalista y patriarcal. Prácticas y costumbres que a las mujeres nos cosifican, nos deshumanizan y reducen, en base a paradigmas de belleza que siguen siendo sostenidos por gran parte del imaginario social, financiadas por el estado y fomentadas por medios tradicionales de comunicación.

Es cultural. La cultura es machista y patriarcal. La cultura es construcción, por tanto, posible de deconstrucción y reconstrucción.

 

[1] Https://losandes.com.ar/article/view?slug=la-reina-por-jorge-sosa

[2] Doctora en Ciencias Sociales, docente e investigadora en la UBA y el Conicet

 

Comentarios

comentarios